Hay pocas cosas que resulten más entrañables que la reacción de una persona en un proceso de coaching cuando  realiza un cambio del que poco tiempo antes no se pensaba capaz. En ese momento suele aparecer ese niño o niña que todos albergamos en nuestro interior. Sorprende ver como caras adultas, con sus arrugas y sus gestos propios de la edad, cambian automáticamente, se iluminan, brillan los ojos y convierten una expresión en toda una manifestación de sorpresa, extrañeza y alegría contenida, nerviosa.

Cuando uno convive con una idea durante mucho tiempo se acostumbra de tal manera a ella que, te guste o no, la haces una verdad, algo inmutable. La voluntad y la sensación que recibimos a veces de que realmente algo desencaja, que no nos sentimos realmente nosotros, nos lleva a buscar ayuda. Pero muchas veces en esa búsqueda ya no albergamos muchas expectativas de que el cambio realmente se pueda dar. 
Sin embargo ocurre que, muchas veces, el proceso de coaching nos prepara, nos va acercando al extremo de la rama del árbol desde la que saltar. Como inexpertos pájaros no esperamos que una vez realizado el salto, las alas nos sostengan en el aire y podamos liberarnos de verdad. Entonces entendemos que todo aquello que fuimos haciendo, casi sin darnos cuenta, nos iba potenciando lo necesario para que ahora, en ese preciso instante, todo encaje en nuestro interior y la transformación final se consiga.
Esa cara que aparece es el resumen de todo ese proceso interior, el desenlace, la aparición del niño dormido diciendo… ¡que divertido!.. ¡¡¡puedo volar!!!!