Hoy hablaremos del miedo psicológico o miedo tóxico, que es aquel que se crea en nuestro interior motivado por una posibilidad o un condicionamiento pasado, y no por una realidad. Los reyes dentro de este tipo de miedos son el miedo al rechazo y el miedo al fracaso. Son asistentes de lujo en los momentos donde peores decisiones tomamos y por tanto se merecen que los conozcas bien para que entiendas lo que te ocurre y cómo evitarlo.
Estos dos miedos no han aparecido por casualidad en nosotros, han nacido y crecido al amparo de la crítica negativa que hemos recibido en nuestra vida, pero sobre todo en nuestra infancia, antes de llegar a los cinco años de edad, que es donde se forja la mayor parte de nuestra personalidad. La crítica negativa busca dirigirnos y controlarnos aunque no se haga con mala intención, sino con el sano propósito de educarnos lo mejor posible. Algunos métodos para educar a los niños obtienen quizá su objetivo de dirigir y controlar su comportamiento en el corto plazo, pero pueden condicionar el futuro de esos niños en edad adulta muy negativamente.
El miedo al fracaso es el principal miedo tóxico en cuanto a limitar nuestro éxito en la vida. Comienza a inculcarse desde una edad muy temprana y mediante un tipo de crítica muy  característica que recibe el niño; la negación: “¡No!, no cojas eso. ¡No!,  no vayas a esa habituación. ¡No!, deja de bailar en el salón… etc.”. Se crea en la persona lo que se conoce como hábito negativo por inhibición. El niño a esa edad tan temprana, movido por la curiosidad del aprendizaje, busca hacer cosas nuevas ante las que recibe siempre un ¡No! que va coartando esa motivación. Va sintiendo que cada vez que intenta realizar algo nuevo, recibe una reprimenda o un castigo. Entonces comienza a grabar un mensaje en su interior que lo marcará de por vida: “No puedo hacer esto… no puedo hacer lo otro…NO PUEDO…”. Como todas las sensaciones, el miedo al fracaso tiene unos síntomas claros en el cuerpo, y se suele localizar en la parte anterior del mismo. Es muy posible que en mayor o menor medida lo hayas podido sentir en el momento en que tuvieras que hablar en público, o te hicieran participar en un evento para el que no estabas preparado. En ese momento se nota una tensión en el plexo solar que se va incrementando y puede hacer sentir cierta falta de aliento. El corazón se acelera y puede aparecer cierto dolor en la parte anterior de la cabeza. Cierta sensación de sequedad en la boca e incluso tensión en la vejiga que lleva irremediablemente a ir al baño.
 En el miedo al rechazo el mensaje que se va inoculando en el subconsciente de la persona está siempre formado por una recompensa o un chantaje ante un comportamiento concreto: “Vete a dormir o tus padres se enfadarán. Haz los deberes o no te llevaremos al cine. Recoge tu cuarto o no saldrás en bicicleta. Si no te terminas la comida tu madre se pondrá muy triste…”. Se crece con un amor condicionado al bienestar de los demás que puede llegar al extremo de generar un  habito negativo compulsivo en el que complacer a los demás llega a estar muy por delante de complacerse a uno mismo. En este caso, el miedo al rechazo se pone de manifiesto en la parte posterior de nuestro cuerpo. Tensión en el cuello y los hombros, e incluso en la parte baja de la espalda. Conforme se incrementa su intensidad puede provocar también dolores intensos y pulsantes en la parte posterior de la cabeza.
Debemos vencer estos miedos siendo conscientes de su existencia, de su procedencia, entendiendo que no son inamovibles, y trabajando nuestra autoestima. Debemos querernos como personas, con posibles errores que no son más que puntos de reflexión, aprendizaje y mejora. Con  respeto por nosotros como la herramienta fundamental para mantener a raya a estos dos mensajeros del ego. La valentía de ponernos a prueba, de empujar nuestros límites, de conseguir nuestra realización personal como fin, y el bienestar de los demás como una consecuencia de ella y no al contrario, es el camino correcto para avanzar en armonía y felicidad.

Extracto del manuscrito: La espiral de la felicidad  – Luis G.